La llegada de los bárbaros. El interés de un banco solitario.
El sábado, en el Teatro Federico García Lorca de San Fernando de Henares, la compañía Metamorfosis interpretó la obra de José Luis Alonso de Santos, "una comedia para tiempos de crisis".
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Sexta fila del Teatro Federico García Lorca. Asiento trece. Miro la doble hoja que anuncia la obra y encuentro el argumento y el contrapunto. De camino al ágora de la alegría y la tristeza, pensaba este pobrecito hablador, de la tarde mortecina, o del inminente comienzo del partido de fútbol, que congrega a una legión en cada bar. Dispuesto a llevar la contraria, me dirigía a presenciar una "metamorfosis"; la de una compañía que interpreta comedias y genera incertidumbres. Nada sabía de Yiyo ni de Juan Alberto, salvo que debían ser muy buenos para acometer una obra de Alonso de Santos, ese sensor social, creador de "La estanquera de Vallecas" o de "Bajarse al moro". Si puede hacerse un homenaje actualizado a Jardiel o a la metáfora escénica, ese fue el que se hizo este sábado, a las ocho y diez, más o menos, desde un escenario sin miedo a la soledad, con un banco como trono de desdichas, crisis y sinsabores.
El autor espera paciente el comienzo de la representación. El dramaturgo tiene el marchamo aristocrático que imprime y confiere el mundo del arte. Por momentos, se me transfiguraban figuras de índole parecida, en retratos sepia, blanco y negro, o convertidos en boadellas de pelo nevado, espuma de las ideas.
Razón de las sinrazones, obediencias debidas pero no comprendidas, papeles adquiridos, roles de la vida puestos sobre tramoyas y tablas, con una facilidad zidaniana. El gesto preciso, el trabajo duro que destila aires de improvisación, risas espontáneas. Es difícil hacerlo fácil, pero la comunicación directa del texto y las emociones llegaban al patio de butacas en oleadas densas, sin gran pompa, pero con una contundencia arrolladora.
Un vigilante y un profesor de latín, gentes del común con mundos totalmente distintos, que el desarrollo de la obra se encarga de hermanar en los sinsabores de la vida, en la incomprensión de este sistema cainita. Las conversaciones, salpicadas del mal rollo de los momentos tensos, de esos instantes en los que se ríe por no llorar, nos transportaban, dando bandazos, de la sonrisa a la aquiescencia del que sabe que todo esto sucede, que la crisis financiera, económica, moral, psicológica es una realidad, y que es parte del engranaje de la vida y así lo aceptamos. O no.
¿Somos bárbaros? ¿La vida nos convierte en salvajes? ¿Debemos entrar en la rueda paranoica de la existencia para sobrevivir? ¿Merece la pena sobrevivir para morir un poco cada día? Al final, los papeles se transmutan. Hobbes lo dijo una buena tarde de verano (lo de los lobos y los hombres) ¿Cierto? El oprimido oprime, y el opresor siente la presión del que ha sido oprimido, y su abrazo es fuerte, asfixiante, porque la barbarie le ha poseído. Al final, solo al final, los papeles vuelan, y dejan sobre el escenario un banco vacío, y hojas rotas de una lengua que ya no habla nadie.
Se encienden las luces después de un aplauso sereno y extenso. No hubo crisis para expresar un reconocimiento. Los rostros salieron de allí con un gesto incierto, entre la resignación compartida y la plenitud humorística. Un escritor se levanta, y un hombre que escribe notas le felicita. Él también tuvo su sorpresa.







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