Piscina, parque, paseo. Tres oasis en San Fernando

Este articulillo iba a consistir en la zambullida de secano por una exposición: la de fotografía en la Sala Juan Carlos I. Pero el domingo fui allí y los postigos estaban cerrados. Qué calor, qué sofoco comprobar que el horario no se cumplía. De modo que para mitigar el acaloramiento de la decepción y de los desencuentros, quité de mi mente las fotos y anduve en busca de otras instantáneas.

Fotos

Imaginé ir a la piscina municipal, con sus árboles bisoños, ese césped que refrigera la planta de los pies, y esa agua, sanfernandina, casi bendita, que desaloja la lumbre del cuerpo. Todo aquel que no la haya experimentado, por favor, que la visite, aunque solo sea una vez. Repetirá, sin duda. Camino de la gran charca, pasaría por delante de la vaquería, e iría cogiendo fresco poniendo en mi mente vacas a la sombra y moscas en huelga, ausente el sol, todo con vistas al clausurado spa, gigante dormido.

Pero todo esto son imaginaciones, y también recuerdos. Ya tendré tiempo de ir a la piscina. Ahora me encuentro bajando el caminito de Nazario Calonge, con el sol tan alto como los aviones que surcan el cielo, y estableceré una primera parada en el oasis del Parque Dolores Ibárruri, justo en la vaguada de los árboles de hoja ancha, donde la gente se refugia y se beneficia de un par de grados de tregua con respecto al pueblo; este rincón del parque se queda fuera de las brasas, afortunadamente. Una fuente recibe la visita de los niños. Puedo ver familias enteras descansar en la hierba y abrir los taper. Fruta fresca, tortilla, ensalada de verano; y en la nevera, refrescos. Parece una pradera campestre en primavera. Mayores, pequeños, algún perro, agua, vida.

Me alejo de allí por delante del campo de fútbol, después de haber saciado la sed del caminante. Paso por delante del puesto de la Cruz Roja. Todavía huele a fruta fresca de mercadillo, a vinagre de berenjenas. Todo está tranquilo, como si el tiempo permaneciera todavía echado la siesta. Unos minutos después llego al segundo oasis de San Fernando: El Paseo de los Chopos. Ya enfilada la interminable avenida notamos el microclima de este sitio, tan real. Tres grados menos, quizá más, incluso corre la brisa que barrunta ríos y corrientes, la mensajera de las corrientes. Es un lugar al que se llega y en el que apetece quedarse para siempre, por lo menos lo que dure el verano. El tejado formado por las hojas entrelazadas nos deja mirar hacia arriba y respirar aire fresco. Ya no me acuerdo de la exposición fallida, ni de los problemas cotidianos. Tener tres oasis es una suerte que podemos buscar, y encontrar.

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