Cuando comer se convierte en un problema

Uno de cada cuatro jóvenes madrileños de 15 y 16 años no se siente a gusto con su cuerpo, mientras el 10,5% de las chicas ha pasado, a propósito, 24 horas completas sin ingerir alimento alguno.

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Hace una semana, la Comunidad de Madrid publicó en su último Boletín Epidemiológico, unos datos realmente alarmantes sobre los hábitos alimenticios de los jóvenes madrileños (Hábitos de salud en la población juvenil de la Comunidad de Madrid, 2009). De una encuesta realizada a 2.000 chicos y chicas de entre 15 y 16 años, el 26% decía no sentirse a gusto con su cuerpo. O lo que es lo mismo, uno de cada cuatro jóvenes.

Los problemas con la concepción del propio cuerpo son una constante en los adolescentes desde hace tiempo. Los trastornos alimenticios, un viejo enemigo de los padres y de los psicólogos. Bien es verdad que parecía ser un problema asociado más al género femenino, pero los resultados de este boletín echan por tierra esa tesis.

Aunque ellas tristemente aún lideran las estadísticas (el 10,5% ha pasado, a propósito, 24 horas sin ingerir alimento alguno; el 5,8% se han provocado vómitos para perder peso, y un 4,7% han utilizado diuréticos, laxantes, o píldoras adelgazantes con el mismo fin), los chicos jóvenes cada vez están más presentes en este tipo de informes. Como ejemplo, cabe decir que los casos de sobrepeso y obesidad de acuerdo con el Índice de Masa Corporal (IMC) son el doble en los varones que en las mujeres. Y un dato especialmente significativo: en los últimos doce años, el número de chicos con sobrepeso de entre 15 y 16 años se ha incrementado en un 53%. Teorías, como la ingesta de una dieta inapropiada o al mayor sedentarismo, tratan de explicar esa tendencia.

Este medio, ante ese alto grado de adolescentes a disguto con su cuerpo, ha salido a la calle para hablar con ese segmento de población al que se refiere el estudio. El resultado de nuestra discreta encuesta ha revelado, entre chicos y chicas de 14 a 18 años residentes en Coslada y San Fernando, que la mitad afirma que conocen a alguna persona que ha pasado o pasa actualmente por el infierno de una enfermedad relacionada con los trastornos alimenticios. Sin embargo, resulta muy interesante entre ambos municipios, pues mientras ocho de cada diez jóvenes conocen algún caso o lo han sufrido de cerca en San Fernando de Henares, sólo dos de cada diez reconocen haberlo vivido en Coslada.

¿Existe un adolescente “tipo” con trastornos alimenticios? Juan Manuel García, de Alter Ego Psicólogos, lo tiene claro: “Personalidades obsesivas y dependientes, buenos estudiantes, muy perfeccionistas, con una baja estima y distorsión de la imagen corporal”.

Para los expertos, una serie de síntomas alertan del trastorno alimenticio en el adolescente: “Hay una serie de características como antecedentes familiares, que se hayan puesto a dieta anteriormente, un mal afrontamiento de la pubertad o escasos recursos sociales”, afirma García. En casos más avanzados se pueden tener marcas en las manos o dedos por el efecto de los dientes y los ácidos del estómago al provocarse los vómitos. Y mucho ejercicio físico: “Incluso llegan a bajarse tres paradas de autobús antes de su casa para andar”, asegura el psicólogo. Además, “evitan comer en lugares públicos y tienden al aislamiento”.

Estos síntomas tampoco pasan desapercibidos para los amigos de los adolescentes enfermos. También los jóvenes encuestados han visto en sus conocidos afectados por trastornos alimenticios algunos síntomas como el aspecto enfermizo, nervios, pérdida del apetito… Y sobre todo, que el adolescente deja de comer en público y se somete a estrictas dietas.

Y es que no sólo los jóvenes con trastornos alimenticios se someten a dietas. En Coslada, tres de cada diez encuestados siguen o han seguido alguna dieta. El dato es más revelador en San Fernando, donde siete de cada diez reconocen haber restringido su ingesta de alimentos. Otros resultados son también sorprendentes: algunos afirman que han llegado a perder 15 kilos con tal de sentirse mejor con su cuerpo. Este último punto, el de sentirse mejor con el propio cuerpo, arroja algún dato más halagüeño -si bien algo contradictorio-, pues en San Fernando, seis de cada diez entrevistados están satisfechos con su cuerpo. La cifra aumenta en Coslada, donde ocho de cada diez lo están.

Los padres son un ingrediente muy importante a la hora de detectar los primeros indicios de que existe un trastorno alimenticio. Pero no sólo eso, sino que deben ejercer de coterapeutas en el proceso de rehabilitación. “Es muy importante suministrar una perfecta información alimentaria al adolescente, y si es preciso han de colaborar en el control estimular pero con cierta cautela, ya que la excesiva atención al problema alimenta el protagonismo del individuo con trastorno de la alimentación”, explica García.

Otra responsabilidad importante de los progenitores es la decisión de a qué médico recurrir: “Muchas veces se acude al médico de familia que, con bastante probabilidad, va a hacer uso de psicofármacos que, lejos de ayudar, es muy probable que agudicen el problema”, asegura Juan Manuel García, quien recomienda acudir a un experto. Él se encargará de establecer un tratamiento determinado, diferente dependiendo de la fase en la que se encuentre el enfermo.

Un tratamiento básico consiste en “atajar las distorsiones cognitivas, la exposición progresiva a los estímulos que provocan las sensaciones gástricas desagradables y la creación de un contrato con premios entre el experto y el paciente con el objetivo de ganar un kilo o dos a la semana en casos de anorexia, y dos o tres en casos de bulimia”. Para cualquiera, algo que ocurre casi sin querer; para ellos, una difícil y dolorosa meta.

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